Al igual que el año pasado acabamos en Disneylandia, este año hemos elegido lo más parecido a un parque temático que nos pillaba de camino: Venecia. Y ha sido aquí donde nuestra costumbre de tacañear hasta el último céntimo ha alcanzado la categoría de arte.
Por ejemplo, fuimos hasta un parking de pago (10 € la noche) y al ver lo que costaba decidimos dormir del lado bueno de la valla, o sea, fuera. El truco para que no te digan nada está en montar la cama antes de llegar, para que no se note que vas a dormir ahí, y en bajarse de la furgo hablando con acento italiano esperando que nadie se de cuenta de que llevas matrícula de Burgos (para los que no sepáis imitar a los italianos, la cosa consiste básicamente en terminar todo en ini, y en mover mucho las manos)
El problema de llegar hasta Venecia desde la furgo lo solucionamos montándonos en un bus de línea, sacando un billete de 50 € y poniendo cara de gilipollas (aquí tampoco tuvimos que esforzarnos mucho). El conductor al pensar en la cantidad de cambio que tenía que darnos optó por cerrar la puerta, murmurar no se qué de nuestras madres y llevarnos gratis (método utilizado cuatro veces).
Sin embargo, la cagamos en lo que parecía más fácil, la comida. Y es que aunque hoy en día Venecia está lleno de Kebabs y todo tipo de Fast Foods, tuvimos la gran idea de sentarnos en la única terraza donde el camarero no llevaba pajarita, pensando que por eso nos iban a cobrar menos. Nos clavaron 30 euracos por dos lasañas precocinadas y medio frías.
El otro gran problema para el que no encontramos solución es el de los baños. Y es que en este asunto Venecia no ofrece muchas opciones: baño público a euro y medio el pis. Eso sí, si tienes pirrilera siempre puedes sacarte la wc card, que es como una especie de tarifa plana para cagar.
Pero al margen de todo esto Venecia es… Venecia. Como la habéis visto, como os la imagináis, como sale en las películas.























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